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Compartir sin perder el control: cómo evitar la explotación de los datos abiertos

Durante la última década, los datos abiertos se convirtieron en una de las ideas más poderosas de la política pública moderna. Gobiernos de todo el mundo comenzaron a compartir información con una convicción simple pero profunda: cuando los datos se abren, el conocimiento crece, la ciencia avanza y las decisiones públicas mejoran. Abrir datos fue, y sigue siendo, una forma concreta de cuidado colectivo.

Esa intuición fue correcta. Gracias a los datos abiertos hoy entendemos mejor el clima, respondemos más rápido a emergencias y podemos vigilar de manera más transparente el uso de los recursos públicos. En muchos países, compartir datos permitió que universidades, comunidades técnicas y actores locales construyeran soluciones que ningún gobierno habría podido desarrollar solo.

Pero el contexto cambió.

La inteligencia artificial transformó radicalmente la forma en que los datos se usan. Ya no se trata únicamente de analizarlos o visualizarlos, sino de absorberlos a gran escala para entrenar sistemas capaces de generar valor económico y poder de decisión sin precedentes. En este nuevo escenario, los datos abiertos —pensados como un bien público— pueden convertirse, sin que nadie lo haya planeado, en insumo para procesos profundamente desiguales.

Aquí aparece un riesgo nuevo: la explotación de los datos abiertos. No porque se usen, sino porque el valor que generan puede concentrarse en muy pocos actores, sin retorno para las comunidades y los países que los producen y sostienen. Abrir datos deja de ser un acto de cooperación y empieza a parecerse a una transferencia silenciosa de valor.

Frente a este escenario, la respuesta no puede ser cerrar los datos. Cerrar debilita la ciencia, la democracia y la capacidad colectiva de responder a crisis. La alternativa es otra: añadir una segunda capa a la apertura. Pasar de simplemente abrir datos a gobernar su circulación.


Abrir no significa abandonar

La circulación no implica ausencia de normas. Las carreteras están abiertas, pero tienen reglas.

Nadie considera que una carretera pública sea un error porque empresas privadas la usen para transportar mercancías o porque genere actividad económica. El problema aparece cuando unos pocos la usan sin límites, otros quedan excluidos y nadie se hace responsable del desgaste.

Con los datos ocurre exactamente lo mismo. Abrirlos no significa “dejarlos sueltos”. Significa ponerlos en circulación dentro de un sistema compartido, donde existen acuerdos, responsabilidades y expectativas claras. La apertura no es abandono; es movimiento con propósito.


El problema no es compartir, es quién se beneficia

Imaginemos un mercado público. Productores locales llevan sus productos, la entrada es libre y la intención es beneficiar a la comunidad. Ahora imaginemos que llega un solo comprador gigante, compra todo, fija las reglas y se lleva el valor fuera del territorio. El mercado sigue siendo abierto, pero dejó de ser justo.

Eso mismo puede ocurrir con los datos abiertos.

No todos tienen la misma capacidad para usarlos. No todos cuentan con la misma infraestructura, el mismo poder computacional o la misma capacidad de convertir datos en productos de alto valor. Cuando estas diferencias no se reconocen, la apertura puede reforzar desigualdades existentes en lugar de reducirlas.

Aquí la equidad deja de ser un concepto abstracto y se vuelve central. El problema no es que los datos se usen; el problema es cuando el beneficio fluye siempre en una sola dirección.


Los datos públicos son como el agua

El agua es un bien común. Debe fluir y compartirse. Pero nadie propone que unos rieguen campos enteros mientras otros se quedan sin agua potable. Por eso existen acuerdos, prioridades y reglas que buscan equilibrar uso y cuidado.

Con los datos pasa lo mismo. No se trata de cortar el flujo, sino de evitar que ese flujo se convierta en extracción. Cuando los datos públicos alimentan sistemas privados sin reconocimiento, sin retorno y sin responsabilidad compartida, la relación deja de ser colaborativa y se vuelve inequitativa.


Gobernar no es cerrar, es poner reglas del juego

Hablar de gobernanza de datos suele generar desconfianza. Se teme que sea una forma elegante de cerrar el acceso o frenar la innovación. Pero gobernar no significa prohibir; significa definir expectativas compartidas.

Un juego sin reglas no es más libre. Es caótico. Y casi siempre gana el más fuerte. Las reglas existen para que más personas puedan participar y para que el resultado no esté decidido desde el inicio.

La gobernanza de datos funciona igual. No busca impedir el uso ni el aprovechamiento, sino evitar que la apertura termine beneficiando siempre a los mismos.


Equidad no es poner peajes

Hablar de equidad no significa cobrar por cada dato ni exigir permisos imposibles. Significa algo más básico: evitar que el valor generado por datos públicos desaparezca sin dejar rastro en los lugares donde se originan.

La reciprocidad puede tomar muchas formas. A veces será reconocimiento. Otras veces será infraestructura, transferencia tecnológica, fortalecimiento de capacidades locales o transparencia sobre el uso de los datos. No todo retorno es monetario, pero toda relación sana necesita equilibrio.

Compartir datos no implica renunciar a toda expectativa. Implica rechazar la idea de que abrirlos sea aceptar cualquier forma de explotación.


Abrir con reglas genera confianza

Cuando no hay reglas claras, aparecen dos reacciones extremas: el miedo, que lleva a cerrar todo, y la ingenuidad, que permite la extracción sin límites. Ninguna de las dos construye sistemas sostenibles.

La alternativa es abrir con reglas claras, proporcionales y orientadas al bien público. Cuando esto ocurre, las instituciones se sienten más seguras al compartir, la ciudadanía confía más y la innovación florece sin miedo.

La gobernanza no corrige un error del pasado. Actualiza una decisión correcta para un mundo nuevo.


Compartir sigue siendo una forma de cuidado

Abrir datos públicos sigue siendo una forma de cuidar a las personas, al conocimiento y a la inversión colectiva. Pero cuidar hoy implica algo más que abrir. Implica asegurarse de que la circulación no se convierta en explotación y de que el beneficio no se concentre siempre en los mismos lugares.

Los sensores generan señales. La circulación genera valor. Y las reglas generan equidad.

Por eso, el siguiente paso ya no es simplemente abrir más datos, sino construir mecanismos de gobernanza que orienten su uso hacia el bien público. Gobernar los datos no significa cerrarlos, sino crear las condiciones para que compartir siga siendo justo, sostenible y confiable.

Compartir sin perder el control no es una concesión. Es una inversión en confianza, sostenibilidad y justicia.


Esta reflexión surge a partir de la lectura del artículo “The Weaponization of Open Data” y de conversaciones sobre el futuro de los datos abiertos y su gobernanza en el contexto de la inteligencia artificial.